—¡Carajo! —gritó.
Amaranta, que empezaba a meter la ropa en el baúl, creyó que le había picado un alacrán.
—¿Dónde está? —preguntó Amaranta.
—¿Qué?
—¡El animal! —aclaró Amaranta.
Úrsula se puso un dedo en el corazón.
—Aquí —dijo.”

Reclining nude (Serebriakova)
El nombre de la rosa
(fragmento)
Umberto Eco
(...)
“El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. El diablo es sombrío porque sabe adónde va, y siempre va hacia el sitio del que procede. Eres el diablo, y como el diablo vives en las tinieblas. Si querías convencerme lo has logrado… “
La conjura de los necios (fragmento)
John Kennedy Toole
" Soy capaz de tantas cosas y no se dan cuenta. O no quieren darse cuenta. O hacen todo lo posible por no darse cuenta. Necedades. Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer. El bueno lo he intentado andar y no me ha ido bien. Juro que ha sido así. De pequeño hice todo lo que consideré correcto y lo que está bendita New Orleáns, con sus acordes de ébano y sus insoportables chaquetas a rayas me inducía a hacer. Estudié profundamente y traté de trasladar mis conocimientos con pasión. Los estudiantes saben eso. También escribí encerrado en un pequeño mundo cuarto juntando frases, frustrándome ante las huidizas buenas palabras y las no menos resbaladizas imágenes, comparaciones, situaciones, personajes, diálogos. Asumí estar en ese camino porque es ese el modo como se consiguen los sueños. Al menos eso creía hasta un día, cuando tenía todo acabado y faltaba la confirmación de que había decidido bien, no hubo recompensa. No hubo zanahoria, Ahí me di cuenta de que ya estaba caminando, lejos de mi voluntad, por la otra senda. Esa que no es la buena ni la mala. Porque está claro que la buena es buena porque es una opción propia. La mala es mala porque también es tu opción. Pero la otra no es algo que hayas escogido, por lo cual no pueden decir que es ciertamente buena o ciertamente mala. Es ciertamente ajena, impropia. Por ese camino involuntario caminé, llevado de las narices, arrastrado como un palo sin poder animarme. Tuve que resignarme a ser como ellos me ordenaban, a aceptar sus juicios y sus rechazos. A comprobar una vez más que no todos pueden ver más allá de su aliento. A ser víctima de un sistema que hace de gente como yo infelices zombis o incomprendidos. Y hay que tener el espíritu muy bien templado, tal vez como acero damasquino o más, para afrontar semejante fuerza. "
Fernando Botero Malena es un nombre de tangoDejó la comida y el tabaco sobre la repisa y se puso a mirar con atención a sus dos interlocutores, con mucha paciencia y una gran calma. Su mirada se detuvo, finalmente, en el más alto: era un gigante muy bien plantado al que Zaita dijo, sorprendido: - Eres un mulo, ni más ni menos. ¿Por qué quieres mendigar?
El hombre contestó con voz entrecortada: – He fracasado en todos los oficios. He probado muchos, incluso el de mendigo, pero nunca he tenido éxito. Tengo una suerte negra y el espíritu embotado. No comprendo nada ni sirvo para nada.
- Debieras haber nacido rico – le replicó desagradablemente Zaita.
Pero el otro no comprendió la broma. Intentó enternecerlo derramando unas pocas lágrimas y soltando unos cuantos gemidos: - Todo me ha salido mal. Incluso como mendigo no he logrado dar ni con una sola alma piadosa. Todos me dicen que soy fuerte, que debo ponerme a trabajar. Y eso cuando no me insultan. No comprendo por qué.
- ¡Dios mío! – exclamó Zaita rascándose la cabeza -. ¿Ni eso comprendes?
- ¡Dios te guarde y te dé la paz!
Zaita no se cansaba de examinarlo, pensativo. Finalmente dijo con mayor brío, palpándole las articulaciones: - Estás verdaderamente fuerte. Tienes los músculos en muy buen estado. Me pregunto qué comes.
- Pan cuando hay. Y nada más.
- Vaya, tienes cuerpo de diablo. ¿Cómo serías si comieras esos animales a los que Dios colma de dádivas?
- No lo sé – contestó el otro con ingenuidad.
- No sabes nada, naturalmente. Ya lo hemos entendido, claro. Y más vale así. Porque si fueras inteligente, serías uno de los nuestros. Escucha bien, de nada te serviría que te mutilaran los miembros.
En el rostro del bruto se marcó una viva decepción, y Zaita, al ver que iba a recomenzar una crisis de lágrimas, se apresuró a añadir: - De nada serviría romperte el brazo o una pierna, porque jamás conseguirías dar lástima a nadie. Las mulas como tú solo consiguen despertar indignación. Pero no te desesperes – dijo por fin, tal como esperaba impacientemente el doctor Bushi -, existen otros medios. Te puedo enseñar el arte de ser cretino, por ejemplo; para eso servirías. Y te haré aprender de memoria algunas alabanzas al Profeta.
El rostro del hombre se iluminó de agradecimiento, y se puso a implorar a Dios en su favor. Zaita atajó sus efusiones para preguntarle: - ¿Por qué no te haces ladrón?
El hombre contestó, apesadumbrado: – Soy un pobre hombre, pero bueno, y no deseo mal a nadie. Amo sinceramente a la familia del Profeta.
Zaita exclamó, indignado: – ¡No pretendas ablandarme con esas monsergas! – Luego se volvió hacia el segundo, que era bajito y enclenque, y dijo con voz satisfecha-: ¡Felicidades! ¡Tu servirás!
El otro sonrió y exclamó, lleno de agradecimiento: ¡Alabado sea mil veces el Señor!
- Estás hecho para ser ciego y paralítico.
A lo que el hombre contestó, muy contento: – Por la gracia de Dios.
Zaita sacudió la cabeza y le advirtió, sopesando las palabras: – Es una operación muy delicada. Supongamos lo peor, que pierdas de verdad la vista, a causa de un accidente o de un error. ¿Qué harías?
El otro dudó un instante y luego contestó con indiferencia: – Sería un don del cielo. ¿Qué provecho he sacado de mi vida para lamentar perderla?
Zaita pareció oír con satisfacción la respuesta: – Con un corazón como el tuyo, estás bien preparado para afrontar el mundo.
- Con la venia de Dios – replicó el otro-, dejo mi alma entre tus manos. Te daré la mitad de lo que me entreguen las almas piadosas.
Zaita le lanzó una mirada cruel y le dijo con brutalidad: – Ésta no es manera de hablarme. Me contento con dos céntimos diarios, a parte de los honorarios de la operación. Y sé muy bien cómo cobrar lo que me debes, por si acaso se te ocurriera escabullirte.
Entonces el doctor Bushi observó: – No has mencionado tu parte de pan.
Zaita prosiguió: – ¡Claro, claro! ¡Y ahora manos a la obra! La operación es dura y pondrá a prueba tu resistencia al dolor. Intenta disimular todo lo que puedas.
Y al imaginarse el sufrimiento que sus despiadadas manos iban a infligir a aquel cuerpo flaco y desnutrido, dibujó una sonrisa diabólica con sus exangües labios.
Fragmento de "Las virgenes suicidas"
(Jeffrey Eugenides)
La mañana en que a la última hija de los Lisbon le tocó el turno de suicidarse —esta vez fue Mary y con somníferos, como Therese—, los dos sanitarios llegaron a su casa sabiendo exactamente dónde estaba el cajón de los cuchillos y el horno de gas y dónde la viga del sótano en la que podía atarse una cuerda. A nosotros nos pareció que, como siempre, salían demasiado lentamente de la ambulancia, mientras el gordo decía en voz baja:—Que no es la tele, tíos, aquí no hay que correr. Cargado con el pesado respirador y la unidad cardiaca, pasó entre los arbustos, que habían crecido monstruosamente, y cruzó el descuidado césped que trece meses atrás, cuando empezó todo, estaba pulcro e inmaculado.Cecilia, la pequeña —no tenía más que trece años—, fue la primera en hacer el viaje: se cortó las venas, como los estoicos, mientras tomaba un baño, y cuando la encontraron flotando en el agua teñida de color de rosa, con los ojos amarillos de los posesos y aquel cuerpecito que exhalaba olor a mujer madura, los sanitarios se llevaron un susto tan grande al verla en aquel estado de sosiego, que se quedaron clavados en el sitio, como mesmerizados. Pero de pronto irrumpió la señora Lisbon dando gritos y la realidad de la habitación se hizo patente: sangre en la estera del baño, la navaja de afeitar del señor Lisbon en el lavabo, jaspeando el agua. Los sanitarios sacaron el cuerpo de Cecilia del agua caliente, que acelera la hemorragia, y le aplicaron un torniquete en los brazos. El cabello mojado le colgaba por la espalda y ya tenía las extremidades azules. No dijo ni una palabra pero, cuando le separaron las manos, encontraron una estampa plastificada de la Virgen María apretada contra los pimpollos de sus pechos.Esto ocurría en junio, en la época de la mosca del pescado, cuando, como todos los años, la ciudad se cubre de tan efímeros insectos. Se levantan entonces nubes de moscas de las algas que cubren el lago contaminado, y oscurecen las ventanas, cubren los coches y las farolas, cubren las dársenas municipales y cuelgan como guirnaldas de las jarcias de los veleros, siempre con la misma parda ubicuidad de la escoria voladora. La señora Scheer, que vive calle abajo, nos dijo que había visto a Cecilia el día anterior al intento de suicidio. Estaba junto al bordillo, con el antiguo traje de novia del que había cortado el dobladillo y que nunca se quitaba de encima, observando un Thunderbird envuelto en moscas del pescado.—Sería mejor que cogieras la escoba, cariño —le aconsejó la señora Scheer.Pero Cecilia le dirigió una mirada mística y dijo:—Están muertas, sólo viven veinticuatro horas. Salen del huevo, se reproducen y la palman. Ni siquiera comen. —Y tras estas palabras metió la mano en la espumosa capa de bichos y trazó sus iniciales: C.L.
Fragmentos de “La soledad de los números primos”
de Paolo Giordano
“En una clase de primer curso Mattia había estudiado que entre los números primos hay algunos aún más especiales. Los matemáticos los llaman números primos gemelos: son parejas de números primos que están juntos, o mejor dicho, casi juntos, pues entre ellos media siempre un número par que los impide tocarse de verdad. Números como el 11 y el 13, el 17 y el 19, o el 41 y el 43. Mattia pensaba que Alice y él eran así, dos primos gemelos, solos y perdidos, juntos pero no lo bastante para tocarse de verdad.”
“(…) Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían (…)”
Dama desnuda (Obra de Warren b. Davis) Rayuela (Julio Cortazar) “Capitulo 93” "Pero el amor, esa palabra... Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fijate. Pero fijate bien, porque no es gratuito.
¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. (...)"
Tamara De Lempicka "Le chemise rose"Fragmento de “ El Libro de los abrazos” de Eduardo Galeano
“Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla con las manos, o por los ojos, o por los poros o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.”